miércoles, 17 de febrero de 2010

sábado, 13 de febrero de 2010

LA PIEDRA PARLANTE


Había una vez un niño que se llamaba Ramón y vivía en un pueblo muy pequeño con sus padres. Él no tenía hermanos ni amigos. Tenía once años, el pelo negro, los ojos marrones y una nariz puntiaguda. Era simpático y vestía con ropas africanas.
Un día que no había colegio se levantó muy temprano y no sabía qué hacer. De repente se le ocurrió la idea de ir al parque. Se vistió, desayunó y se puso en camino. Mientras iba caminando pensaba en que tal vez habría algún niño en el parque con el que jugar y poder hacerse amigos. Cuando llegó no había nadie. Se sintió muy triste, se puso a columpiarse y a tirarse por el tobogán, pero al poco rato ya estaba cansado y aburrido. Entonces cogió unas piedras y empezó a tirarlas a un árbol, para ver cómo caían las hojas. Tiró muchas, pero de repente oyó una voz, justo cuando lanzó la última, que decía:
- ¡Ayyyyy! ¿Por qué me has tirado contra el árbol? ¿Tú estás ciego o qué?
Y Ramón dijo:
- No estoy ciego, sólo que no te vi.
- Ah, vale, entonces te perdono.
- Gracias, piedra, por perdonarme.
Ramón, muy curioso, le preguntó a la piedra:
- ¿Cómo es que puedes hablar? Las piedras no hablan.
Y la piedra le contestó:
- Claro que sí hablamos, lo que pasa es que los humanos no saben escuchar.
- ¿Y por qué yo puedo?
- Porque tú tienes un don; si no, no hubieras podido oírme.
Como ya era muy tarde Ramón se fue a su casa, pero antes se despidió de la piedra:
- Mañana, ¿podríamos volver a hablar?
- Claro que sí - le dijo la piedra -.
- Pues hasta mañana, piedra.
- Hasta entonces.
Ramón por el camino iba pensando en lo curioso que le había sucedido, pues no había sido tan mala idea lo de ir al parque. No había conocido a ningún niño, pero sí a alguien muy diferente.
Al día siguiente Ramón volvió al parque y así durante mucho tiempo, tanto que pasó un año. Después de ese tiempo ya eran muy amigos, se contaban muchas cosas y lo pasaban muy bien juntos.
Como era costumbre, otro día más fue al parque, pero no vio a la piedra. Muy extrañado se puso a buscarla por todos lados pero no la encontró. Preocupado por lo que le podía haber pasado se fue a su casa. Esa noche no pudo dormir. Al día siguiente volvió, pero tampoco estaba y así todos los días durante una semana.
Ramón había salido del colegio y como siempre pasó por el parque. Iba muy triste y pensando en su amiga la piedra. De repente oyó una voz que le llamaba:
- ¡Ramón, Ramón!
Y cuál fue su sorpresa cuando giró la cabeza y vio a la piedra. Salió corriendo a cogerla, y muy emocionado le preguntó:
- ¿Dónde has estado?
Y la piedra le contestó:
- De vacaciones. Estuve pasando unos días en la playa, descansando y poniéndome un poco morenita. ¿Por qué me lo preguntas?
- Porque te he echado mucho de menos.
Ramón invitó a la piedra a ir a su casa y ella aceptó. Allí lo pasan muy bien, meriendan y juegan juntos a vaqueros, se cuentan adivinanzas y demás juegos.
Ramón se sentía muy feliz de tener por fin un amigo, y encima tan especial.
Ramón le preguntó a la piedra:
- ¿Te gustaría venir a vivir conmigo a mi casa?
La piedra, sorprendida pero contenta, le contestó:
- Me encantaría.
Los dos se pusieron a dar saltos de alegría, eran muy felices. Por fin podían estar juntos todo el tiempo que quisiesen. A partir de entonces Ramón ya nunca volvió a estar solo.




Adrián Hernández Martel.
5º Primaria.

¿DÓNDE ESTÁ MI SOMBRA?


Era una aldea cerca de un gran bosque, un lugar muy bonito, con muchos niños que pasaban el día jugando en los alrededores. Uno de ellos siempre pasaba desapercibido. Era un niño pequeño y muy tímido, con unos ojos verdes que sobresalían de su carita sucia. Tenía algo en particular: Los otros niños no veían su sombra, por eso se burlaban llamándolo “El niño sin sombra”. ¿Por qué sería?
Mientras, la madre del niño, una mujer trabajadora, de carácter muy comprensivo y dulce, tenía siempre una respuesta para todo.
Un día, cansada de que se rieran de él, le preguntó a su madre:
- ¡Mamá! ¿Por qué no tengo sombra?
- Hijo mío – respondió la madre – Quiero contarte una historia que tu abuelo me narró cuando tenía tu edad…
“Se trataba de un niño que salía al bosque, a la búsqueda de su sombra y que pasaba muchas dificultades como hambre, frío y muchísimo miedo. Su única compañía eran los animalitos que iba encontrándose por el camino: conejitos, ciervos, muchos pájaros, osos y también serpientes. Tuvo que enfrentarse a algunos algo peligrosos. ¡Cuánto sacrificio para hallar su sombra!
De pronto se le apareció un duende, un ser pequeño como todos los duendes, con unas ropas muy coloridas. Además, todo su entorno brillaba, era como si estuviera en otro mundo. Era el guardián de un pequeño paraíso que sólo se podía ver en ciertos momentos del día, al atardecer.
Al encontrarlo, éste le ofrecía de beber y de comer, pues se le veía muy cansado y asustado.
Aquel niño, al sentirse protegido, se durmió profundamente y al despertarse al día siguiente, sobresaltado, descubrió que estaba rodeado de una cantidad de duendecillos que habían velado su descanso. Parecían un abanico de colores cada cual más brillante que el otro. El niño no sabía cómo hablar con el duende para explicarle y pedirle ayuda. El duende descubrió lo que necesitaba con sólo mirarlo a los ojos y entonces le dijo:
- ¿Cómo has podido pasar por tantas dificultades? ¿Por qué es tan importante para ti encontrar lo que buscas?
El niño respondió:
- ¡Quiero encontrar mi sombra porque todos tienen una y yo quiero ser como los demás!
- Creo que tienes la valentía suficiente para darte cuenta de que no es necesaria tu sombra. Todos tenemos sombras, pero son diferentes, y tal vez esta búsqueda te haya servido para saber valorar lo que tienes sin dejar de lado a los demás – dijo el duende - . Y añadió:
- No busques fuera de ti. Que nadie vea tu sombra no significa que no la tengas. Tú eres una persona especial y con un propósito muy importante en la vida, y … ¿Quieres saber algo…? Tu sombra siempre ha estado ahí contigo y eres tú quien no ha querido verla por querer ver la de los demás.
Este encuentro tan especial con el duende lo hizo darse cuenta de lo importante que era como persona, aunque no quisieran ver su sombra y de lo feliz que era con la gente que tenía a su alrededor, principalmente su madre. Al regreso al pueblo, todos los niños lo estaban esperando ya que se habían enterado de su hazaña. Lo recibieron como un héroe, porque sin darse cuenta les dio una lección a todos de valentía y confianza”.
Moraleja:
A veces nos gustaría ser como los demás sin motivo, pero en realidad todos somos diferentes.
Para ser felices tenemos que empezar por aceptarnos tal como somos y también a las otras personas sin condiciones.


Andrés Aarón Fernández Sáez.
6º Primaria.

martes, 9 de febrero de 2010

EL TESORO PERDIDO



Había una vez un hombre que se llamaba Max. Era alto, rubio y simpático. Un día vio por las noticias que se había perdido un tesoro en una isla. Un hombre fue a buscarlo y fue comido por unos tiburones mientras estaba en una lancha. Él quería ir a buscarlo y un amigo quería ir con él y el amigo era pequeño, tenía el pelo negro y era guapo.
Cuando fueron a la isla siniestra, salvaje y con un volcán enorme encontraron un mapa flotando en la orilla de la isla. Mientras caminaban se encontraron una cueva y entraron en ella. En la cueva había telarañas, estaba muy sucia y olía mal. Cuando salieron de la cueva vieron un lago que estaba rodeado de flores y arbustos y tenía abundantes peces de agua dulce, por lo que se pasaron el día nadando en el lago. Después vieron una serpiente amarilla y muy venenosa y Max le dijo a su amigo:
- ¡No te muevas!
Y su amigo le dijo asustado:
- ¡Tengo un cuchillo en el bolsillo!
- ¡Pues sácalo y clávaselo! – dijo Max -.
Y su amigo añadió:
- ¡Vale!
¡Zasss! Y su amigo le cortó la cabeza y la serpiente murió. Después siguieron caminando y miraron el mapa y vieron un triángulo en el mapa.
- ¿Qué será este triángulo? – dijo Max.
- Un volcán – respondió su amigo.
Pasaron el volcán, que era muy alto y no tenía vegetación y vieron otra cueva grande, oscura y en la que había murciélagos. Entraron y miraron el mapa.
- Quedan pocos metros y conseguiremos el tesoro – dijo Max -.
Después había un enorme agujero en la cueva y ahí estaba el tesoro. En el cofre había muchas joyas, diamantes, rubíes y esmeraldas. Y Max y su amigo vivieron por siempre ricos y lo compartieron con todos sus amigos.


Diego Arzola Martín.
5º Primaria.

lunes, 8 de febrero de 2010

LA FLOR DE COLORES


Había una vez una flor muy bonita llamada Blanca.
Ella era una flor con diez pétalos y dos hojas. Los diez pétalos eran blancos como su nombre. Blanca era un flor muy triste, porque a ella le gustaban las cosas con colores.

Un día conoció a otra flor llamada Rosa, que era muy roja. Rosa le preguntó a Blanca:
- ¿Cómo te llamas?
Blanca le dijo:
- Me llamo Blanca, porque mis pétalos son blancos.

A la mañana siguiente vio muchas flores de colores y se sintió muy triste porque ella no tenía tanto color y las otras flores tenían muchos colores, así que Blanca se puso a llorar.

Un día decidió irse de aventura en busca de diez colores para sus diez pétalos. Fue a un bosque muy verdoso y con árboles enormes pero estaba muy nerviosa para cruzar porque el bosque estaba oscuro y con muchos animales que podrían comérsela.

Blanca lo cruzó sin miedo y se encontró con una liebre. Ella se asustó y salió corriendo como una moto. Ella se cansó y se dijo:
- Por poquito casi me come ese gran animal peludo, con dientes enormes y con piel marrón.
Blanca miró atrás y vio que la liebre ya se había ido y se preguntó a sí misma:
- ¿Habrá animales demasiado salvajes?
Y de repente alguien le contestó:
- No, aquí no hay animales salvajes, me llamo Rayas. En verdad soy una cebra pero me suelo llamar Rayas. Y tú, ¿cómo te llamas, florecita?
- Me llamo Blanca y busco diez colores para mis pétalos- le contestó-.
La cebra le ofreció uno de sus colores del cuerpo y le preguntó:
- ¿Quieres uno de mis colores?
- ¡Sí! Claro que quiero el color negro – contestó Blanca con alegría -.
La cebra le dio su color negro y los dos se fueron.

Después la flor se encontró a un animal llamado Oso y se asustó un poco, pero cuando hablaron no tuvo miedo de él. El Oso le preguntó:
- ¿Qué buscas?
Y Blanca le contestó:
- Busco nueve colores para mis pétalos.
El oso le ofreció el color marrón de su piel y le preguntó:
- ¿Quieres un color mío?
- ¡Sí! Ahora tengo dos colores y me faltan ocho – contestó con felicidad -.

De repente oyó un sonido y un crujido muy extraño y el animal salió. Ellos se hablaron y era un león. El león le dijo:
- ¿Qué quieres y qué buscas en mi bosque?
Ella le contestó con miedo:
- Bus…Busco ocho colores, ¿por qué me lo preguntas?
El león le dio un color amarillo de su cuerpo.
- Gracias por el color, señor león – le dijo ya sin miedo –.

Blanca se encontró con cuatro animales más: serpiente, caballo, conejo y perezoso.
Ellos le dijeron:
- ¿Qué quieres florecita de tres colores?
Ella le dijo con valentía:
- Busco colores para mis pétalos.
Ellos se pusieron de acuerdo y le dieron el color de cada uno: verde, manchitas negras y marrones, blanco y gris.
Ella aceptó diciendo:
- Muchas gracias por sus colores, amigos. Encantada de conocerlos.

Un trío de animales se encontró con Blanca y los tres animales eran: tigre, cerdo y pajarito. Ellos ya sabían que buscaba colores y le entregaron los suyos: rosa, naranja y rojo.
Blanca le dio las gracias y completó todos sus colores.

Blanca regresó a su campo y todas las flores se quedaron con la boca abierta y Blanca se quiso llamar colores.

María Alexandra Ceballos Pilay.
6º Primaria.

EL PEZ COLORÍN



Había una vez un pez llamado Colorín. Él era de tamaño mediano, de color amarillo, celeste, azul fuerte, negro, verde flojo, verde fuerte, rosa y violeta. Era muy bonito, una especie de pez no muy vista en el Mundo. Vivía en un acuario muy grande, con el agua cristalina. Tenía muchos amigos: grandes, pequeños, medianos, gordos y flacos, pero todos muy buenos.

Un día Colorín fue perdiendo el color amarillo. No le gustó mucho porque era su color favorito, pero se aguantó y lo comentó en la reunión del acuario.

Roberto, que era el más grande, naranja, bueno y amable del acuario, dijo:
- Eso no puede ser cierto, eres el pez más bonito del acuario.
- Ya lo sé, pero no sé qué me pasa. ¿Perderé más colores? – dijo Colorín-.

Lolo, el pez más pequeño, verde y el más listo del acuario dijo:
- Según mis investigaciones he llegado a la conclusión de que lo que te pasa es cosa de los peces como tú y sí, perderás todos los colores.
- Yo no quiero perder mis colores – dijo Colorín llorando -.

Como se había hecho de noche se fueron a dormir y cuando vino David, el chico que les daba de comer, que era alto, rubio y delgado, vio que Colorín ya no tenía color amarillo. Lo cogió, lo observó, pensó que era normal y lo dejó descansar.

Cuando se despertó vio que le faltaba el color negro y fue a ver a Lolo.

- Cuando pierda todos los colores, ¿de qué color se me pondrá la piel? – preguntó Colorín nervioso-.
- Cuando pierdas los colores quedarás totalmente blanco – respondió Lolo-.
Al saber esto convocó otra reunión. Cuando estaba todos dijo:
- Amigos del acuario, quería comunicaros que con el tiempo me volveré blanco y no saldré de mi casa, así que quería pediros que si no os importa me traigáis algo de comida y la dejéis en la puerta, no quiero que veáis lo horrible que estaré-.
- Pero eres nuestro amigo –dijo Roberto.
- Ya lo sé, pero no tengo otra opción- dijo Colorín disgustado-.

Y se dio cuenta de que estaba perdiendo el color rosa y se fue corriendo a su casa.
A la media hora Roberto tocó en la puerta y le preguntó cómo estaba. Al ver que Colorín no le respondía se fue y al momento llegó David a darles de comer. Cuando Colorín salió a buscar comida vio que sólo le quedaba el color violeta. Se dio media vuelta y sin coger comida ni nada se fue a su casa. Al ratito tocó en la puerta Lolo para darle comida de un color anaranjado pero muy buena.

Colorín la cogió y le dio las gracias desde dentro de la casa.

Al día siguiente ya era blanco, estaba triste y solo, había dejado un poco de comida y se la comió. Al acabársele la comida, salió de su casa a despedirse de sus amigos, pero ocurrió un milagro: ¡Había recuperado los colores! Muy contento empezó a saltar, a gritar y a cantar por todos lados como un loco, estaba muy feliz. Por la tarde organizaron una gran fiesta con globos, peces tambor, peces payasos, etc.

Al final todo se arregló y Colorín fue muy feliz para siempre.

Lucía Marroche Graña.
5º Primaria.

martes, 2 de febrero de 2010

La biografía



Lucía Marroche Graña nació en Montevideo, Uruguay, el 2 de julio de 1999. Su madre se llama Rossana Janet Graña Echevarría y su padre se llama Gustavo Gabriel Marroche Pérez.

A los 2 años se vino a vivir a Tenerife, España. Con 3 años iba al colegio Luis Álvarez Cruz a la misma vez que practicaba natación.

Al principio vivía en Las Galletas pero cuando cumplió 5 años se mudó a vivir a Parque de la Reina. Fue entonces cuando empezó a asistir al colegio de pueblo, al que va desde tercero.

Ahora tiene 10 años y sigue yendo al colegio de Parque de La Reina. También practica patinaje y asiste a lecciones de teatro.

Lucía Marroche Graña.
5º Primaria.