
Había una vez un niño que se llamaba Ramón y vivía en un pueblo muy pequeño con sus padres. Él no tenía hermanos ni amigos. Tenía once años, el pelo negro, los ojos marrones y una nariz puntiaguda. Era simpático y vestía con ropas africanas.
Un día que no había colegio se levantó muy temprano y no sabía qué hacer. De repente se le ocurrió la idea de ir al parque. Se vistió, desayunó y se puso en camino. Mientras iba caminando pensaba en que tal vez habría algún niño en el parque con el que jugar y poder hacerse amigos. Cuando llegó no había nadie. Se sintió muy triste, se puso a columpiarse y a tirarse por el tobogán, pero al poco rato ya estaba cansado y aburrido. Entonces cogió unas piedras y empezó a tirarlas a un árbol, para ver cómo caían las hojas. Tiró muchas, pero de repente oyó una voz, justo cuando lanzó la última, que decía:
- ¡Ayyyyy! ¿Por qué me has tirado contra el árbol? ¿Tú estás ciego o qué?
Y Ramón dijo:
- No estoy ciego, sólo que no te vi.
- Ah, vale, entonces te perdono.
- Gracias, piedra, por perdonarme.
Ramón, muy curioso, le preguntó a la piedra:
- ¿Cómo es que puedes hablar? Las piedras no hablan.
Y la piedra le contestó:
- Claro que sí hablamos, lo que pasa es que los humanos no saben escuchar.
- ¿Y por qué yo puedo?
- Porque tú tienes un don; si no, no hubieras podido oírme.
Como ya era muy tarde Ramón se fue a su casa, pero antes se despidió de la piedra:
- Mañana, ¿podríamos volver a hablar?
- Claro que sí - le dijo la piedra -.
- Pues hasta mañana, piedra.
- Hasta entonces.
Ramón por el camino iba pensando en lo curioso que le había sucedido, pues no había sido tan mala idea lo de ir al parque. No había conocido a ningún niño, pero sí a alguien muy diferente.
Al día siguiente Ramón volvió al parque y así durante mucho tiempo, tanto que pasó un año. Después de ese tiempo ya eran muy amigos, se contaban muchas cosas y lo pasaban muy bien juntos.
Como era costumbre, otro día más fue al parque, pero no vio a la piedra. Muy extrañado se puso a buscarla por todos lados pero no la encontró. Preocupado por lo que le podía haber pasado se fue a su casa. Esa noche no pudo dormir. Al día siguiente volvió, pero tampoco estaba y así todos los días durante una semana.
Ramón había salido del colegio y como siempre pasó por el parque. Iba muy triste y pensando en su amiga la piedra. De repente oyó una voz que le llamaba:
- ¡Ramón, Ramón!
Y cuál fue su sorpresa cuando giró la cabeza y vio a la piedra. Salió corriendo a cogerla, y muy emocionado le preguntó:
- ¿Dónde has estado?
Y la piedra le contestó:
- De vacaciones. Estuve pasando unos días en la playa, descansando y poniéndome un poco morenita. ¿Por qué me lo preguntas?
- Porque te he echado mucho de menos.
Ramón invitó a la piedra a ir a su casa y ella aceptó. Allí lo pasan muy bien, meriendan y juegan juntos a vaqueros, se cuentan adivinanzas y demás juegos.
Ramón se sentía muy feliz de tener por fin un amigo, y encima tan especial.
Ramón le preguntó a la piedra:
- ¿Te gustaría venir a vivir conmigo a mi casa?
La piedra, sorprendida pero contenta, le contestó:
- Me encantaría.
Los dos se pusieron a dar saltos de alegría, eran muy felices. Por fin podían estar juntos todo el tiempo que quisiesen. A partir de entonces Ramón ya nunca volvió a estar solo.
Un día que no había colegio se levantó muy temprano y no sabía qué hacer. De repente se le ocurrió la idea de ir al parque. Se vistió, desayunó y se puso en camino. Mientras iba caminando pensaba en que tal vez habría algún niño en el parque con el que jugar y poder hacerse amigos. Cuando llegó no había nadie. Se sintió muy triste, se puso a columpiarse y a tirarse por el tobogán, pero al poco rato ya estaba cansado y aburrido. Entonces cogió unas piedras y empezó a tirarlas a un árbol, para ver cómo caían las hojas. Tiró muchas, pero de repente oyó una voz, justo cuando lanzó la última, que decía:
- ¡Ayyyyy! ¿Por qué me has tirado contra el árbol? ¿Tú estás ciego o qué?
Y Ramón dijo:
- No estoy ciego, sólo que no te vi.
- Ah, vale, entonces te perdono.
- Gracias, piedra, por perdonarme.
Ramón, muy curioso, le preguntó a la piedra:
- ¿Cómo es que puedes hablar? Las piedras no hablan.
Y la piedra le contestó:
- Claro que sí hablamos, lo que pasa es que los humanos no saben escuchar.
- ¿Y por qué yo puedo?
- Porque tú tienes un don; si no, no hubieras podido oírme.
Como ya era muy tarde Ramón se fue a su casa, pero antes se despidió de la piedra:
- Mañana, ¿podríamos volver a hablar?
- Claro que sí - le dijo la piedra -.
- Pues hasta mañana, piedra.
- Hasta entonces.
Ramón por el camino iba pensando en lo curioso que le había sucedido, pues no había sido tan mala idea lo de ir al parque. No había conocido a ningún niño, pero sí a alguien muy diferente.
Al día siguiente Ramón volvió al parque y así durante mucho tiempo, tanto que pasó un año. Después de ese tiempo ya eran muy amigos, se contaban muchas cosas y lo pasaban muy bien juntos.
Como era costumbre, otro día más fue al parque, pero no vio a la piedra. Muy extrañado se puso a buscarla por todos lados pero no la encontró. Preocupado por lo que le podía haber pasado se fue a su casa. Esa noche no pudo dormir. Al día siguiente volvió, pero tampoco estaba y así todos los días durante una semana.
Ramón había salido del colegio y como siempre pasó por el parque. Iba muy triste y pensando en su amiga la piedra. De repente oyó una voz que le llamaba:
- ¡Ramón, Ramón!
Y cuál fue su sorpresa cuando giró la cabeza y vio a la piedra. Salió corriendo a cogerla, y muy emocionado le preguntó:
- ¿Dónde has estado?
Y la piedra le contestó:
- De vacaciones. Estuve pasando unos días en la playa, descansando y poniéndome un poco morenita. ¿Por qué me lo preguntas?
- Porque te he echado mucho de menos.
Ramón invitó a la piedra a ir a su casa y ella aceptó. Allí lo pasan muy bien, meriendan y juegan juntos a vaqueros, se cuentan adivinanzas y demás juegos.
Ramón se sentía muy feliz de tener por fin un amigo, y encima tan especial.
Ramón le preguntó a la piedra:
- ¿Te gustaría venir a vivir conmigo a mi casa?
La piedra, sorprendida pero contenta, le contestó:
- Me encantaría.
Los dos se pusieron a dar saltos de alegría, eran muy felices. Por fin podían estar juntos todo el tiempo que quisiesen. A partir de entonces Ramón ya nunca volvió a estar solo.
Adrián Hernández Martel.
5º Primaria.
¡Cuánto se hizo esperar este cuento...! Buen trabajo, Adrián.
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